El respeto a los derechos colectivos de los pueblos, uno de los puntales de otro mundo posible

Los abajo firmantes celebramos con satisfacción que tantas personas y entidades participantes en el Foro Social Mundial de Belem, del 2009, hayan incluido en su agenda de reflexión y debate la temática de los derechos colectivos de los pueblos. Nos sentimos satisfechos, sobre todo, porque estas personas y entidades han considerado la dimensión colectiva de los derechos humanos como una cuestión primordial, absolutamente imprescindible para construir sin fisuras otro mundo posible. Se trata, en efecto, de una decisión destacable que, sin duda, contrasta con el hecho de que la cuestión de los derechos colectivos había quedado siempre en un segundo plano en las sucesivas celebraciones de los Foros Sociales Mundiales o, simplemente, había sido considerada como una problemática marginal, con poco interés, cuando no como un tema sin base política realista.

Seguramente la principal causa de esas actitudes negativas hacia los derechos colectivos radica en una creencia, muy extendida, según la cual los derechos humanos sólo conciernen las personas en un sentido individual, de acuerdo con una interpretación restrictiva de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la ONU en 1948. Sin embargo la misma ONU ha puesto de relieve la necesidad de promover los derechos colectivos sociales, económicos y culturales, y ha pedido que todos los estados miembros garanticen su ejercicio mediante la adhesión a tratados pertinentes. No obstante, en la práctica, la gran mayoría de los gobiernos estatales que han atendido esa última propuesta de la ONU la han interpretado de un modo limitativo o, simplemente, en función de las propias conveniencias ligadas a los poderes que ostentan. En todo caso, no han interpretado los derechos colectivos como unos derechos humanos de alcance universal y sin restricciones. Esta minimización de los derechos colectivos se ha manifestado, particularmente, en teorizaciones sesgadas del derecho colectivo más fundamental de los pueblos: el derecho a la autodeterminación. Es así como muchos pueblos diseminados por todo nuestro planeta no tienen reconocido todavía este derecho; ni siquiera son considerados pueblos distintos por los estados constituidos y, por lo tanto, sujetos en principio, como tales, de los derechos colectivos.

A pesar de estos obstáculos, ciertos pueblos han conseguido el justo reconocimiento de sus derechos colectivos –en general después de luchas que con muchas dificultades han sido juzgadas correctamente como positivas por amplios sectores de la sociedad– y han podido ejercer, en consecuencia, el derecho inalienable a la autodeterminación. Sin embargo, una buena parte de la opinión pública mundial, incluso la perteneciente a los sectores autoproclamados progresistas, son todavía reticentes a admitir la universalización de los derechos colectivos y a aceptar, sin condiciones, el derecho a la autodeterminación como valor decisivo para construir, en todo el mundo, una convivencia democrática entre los pueblos, generadora de una paz justa y durable.



Estas realidades han sido examinadas, en el transcurso de la celebración del Foro, desde la perspectiva de la globalización que nos está llevando a replantear nuestra manera de vivir en la tierra común de toda la humanidad; una manera de vivir que, en la medida en que ha sido caracterizada por el individualismo, se ha opuesto claramente al respeto debido, por doquier, a la misma tierra y a sus recursos; respeto imprescindible si queremos que la humanidad entera viva dignamente.

Con el fin de potenciar este respeto, que en el proceso de degradación ambiental y de los derechos humanos que estamos experimentando hay que situar entre nuestras prioridades de acción más urgentes, los participantes en el Foro Social Mundial hemos constatado que los llamados pueblos indígenas u originarios son para nosotros un referente y una guía. Esta constatación ha sido facilitada por el hecho de que, para el acontecimiento del Foro de este año, se haya escogido la ciudad brasileña de Belem, en territorio de la Amazonia, el inmenso espacio habitado, como casa colectiva propia, por diversos pueblos indígenas. En efecto, ellos, más que nadie, son para nosotros un ejemplo y una pauta de coherencia y perseverancia en el respeto global a la naturaleza, en el respeto a la propia identidad como pueblos distintos, a pesar de las constantes discriminaciones y masacres que han sufrido a lo largo de la historia, y en el respeto a los derechos colectivos en tanto que principios básicos para entender y asumir en su equitativa dimensión los derechos individuales. Muy acertadamente, el significado universalizable de su lucha a favor de sus derechos colectivos ha sido reconocido, al término de muchos años de insistencia, por las más altas instancias mundiales, como lo demuestra la “Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas”, aprobada por la ONU el 13 de septiembre de 2007. Destacamos de este documento las afirmaciones que los pueblos indígenas son iguales a los otros pueblos y que, como todos éstos, poseen el derecho a ser diferentes, a considerarse ellos mismos distintos y a ser tenidos en cuenta por la identidad que los define; que los pueblos indígenas han de poder controlar los acontecimientos que afectan a ellos y a sus tierras, a sus lenguas y culturas y a su armónico desarrollo económico y social; que los pueblos indígenas tienen que poder aunar convenientemente la desmilitarización de sus territorios y la explotación sostenible de sus recursos, así como han de poder entrar libremente en el circuito de las relaciones amistosas entre las naciones y pueblos de todo el mundo. Tales valores se enmarcan en el gran bien que significa para los pueblos indígenas su toma de conciencia de que hay que interpretar los derechos colectivos como derechos indispensables para su existencia, bienestar y desarrollo integral. A la luz de los derechos colectivos, los pueblos indígenas saben, consiguientemente, la victoria que les supone poder afirmar, con un tono de normalidad reencontrada, que tienen reconocido su derecho a la libre determinación y su derecho a ejercerla de conformidad con el derecho internacional.



Los participantes en el Foro Social Mundial de Belem, además de solidarizarnos con las conquistas de los pueblos indígenas en el terreno de los derechos colectivos, queremos subrayar que sus aportaciones tienen el valor añadido de ser aleccionadoras también para tantos otros pueblos diseminados por todo el mundo y que se encuentran más o menos discriminados. Son una apertura y una esperanza sobre todo para aquellos pueblos que no disfrutan ni siquiera del reconocimiento institucional de su existencia o que son tildados de minorías. Es decir, que reciben una calificación que, a menudo, no tiene nada que ver con el número de personas que los integran y, en cambio, suelen referirse a categorías arbitrarias que intentan hacer aceptar a la sociedad la injusta división de la humanidad en mayorías o grupos dominantes y minorías o grupos dominados.



A la vez, los participantes en el Foro Social Mundial encontramos, en las mencionadas aportaciones de los pueblos indígenas, un aval de notable trascendencia a lo que anunciaba ya la “Declaración Universal de los Derechos Colectivos de los Pueblos”, confeccionada y aprobada en la ciudad catalana de Barcelona, en 1990, por entidades y personas de la sociedad civil radicadas en muchos países de los cinco continentes. Esta Declaración, que a nuestro juicio debería convertirse en un referente y una norma para todos los pueblos, señala y articula cada uno de los derechos colectivos que configuran lo que es un pueblo y, por lo tanto, que indican los contenidos explícitos de los sujetos jurídicos de estos derechos: las comunidades humanas que se sienten identificadas con estos contenidos poseen la plena facultad de autodefinirse pueblos distintos y, en consecuencia, los otros pueblos y las instancias internacionales competentes, si quieren ser coherentes, los tienen que reconocer como tales. En todo caso, siempre resulta injusto y conflictivo que sean los estados, que por ellos mismos no son sujetos de derechos, los que determinen si una comunidad es o no un pueblo. Lo único que se pide a los Estados y a otros organismos públicos establecidos, que a menudo se han constituido en contra de los pueblos, es que dejen paso libre a los pueblos para que recuperen el espacio que les corresponde. Por otro lado, la mencionada Declaración recuerda y demuestra que nadie puede disfrutar completamente de sus derechos individuales si el pueblo con el que se siente identificado no es reconocido como tal. Eso significa que los derechos individuales quedan siempre empequeñecidos si la persona concreta a la cual se refieren experimenta que su propia comunidad no puede comportarse como sujeto de los derechos colectivos a la lengua y cultura propias y a todos los atributos garantizados por el derecho a la autodeterminación. Son los derechos colectivos los que amparan de forma dialéctica los derechos individuales.



Sin duda, la aplicación de los derechos colectivos a todos los pueblos no puede llevarse a cabo en un orden establecido que se funda sobre planteamientos que o niegan esos derechos o los interpretan de tal manera que muchos pueblos se ven todavía obligados a reivindicarlos para ellos y que, por esto, son paradójicamente, perseguidos. En consecuencia, resulta indispensable un cambio radical del orden establecido.

Las políticas que serían imprescindibles para facilitar ese cambio habrían de llevar a la práctica, hasta el fondo, el principio que sólo defendiendo los derechos humanos, colectivos e individuales, sin fisura alguna, se puede construir la democracia para todo el mundo, la convivencia y la paz universales y sostenibles. De lo contrario, incluso con reformas acomodaticias del orden establecido, las relaciones entre las personas y los pueblos continuarían supeditadas a intereses egocéntricos generadores, a la corta o a la larga, de conflictos que no alimentan entendimiento sino violencia. Con las guerras entre los Estados se llega a victorias y a derrotas; nunca a la paz entre los pueblos. Con el esfuerzo del diálogo y si es necesario de la negociación para poder ejercer en el mundo entero los derechos colectivos e individuales, se alcanzan la convivencia y la paz fructíferas, por más que para ello se deba cambiar el orden establecido.



La oportunidad histórica que nos proporciona el acontecimiento que el Foro Social Mundial de 2009 se celebre en Belem, ciudad surgida de los pueblos indígenas y testimonio de sus luchas para emanciparse, después de siglos de opresión, nos estimula a crear una red de pueblos y naciones a los que se está negando hasta este momento los derechos colectivos, a fin de que todos juntos contribuyamos, más eficazmente que hasta ahora, a abrir nuevos caminos hacia otro mundo posible.

Los abajo firmantes del presente Manifiesto auguramos, pues, que éste se convierta en energía promotora de la citada red, pidiendo al mismo tiempo que el próximo Foro Social Mundial ponga en su agenda la prioridad de tratar, desde diversas experiencias y reivindicaciones, los derechos colectivos como exigencia y plataforma esenciales para hacer posible una globalización alternativa queglobalizgl libere la humanidad entera.

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